October 13, 2026
Les invito para que demos gracias a Dios por los beneficios recibidos, pero también para que tengamos muy presente nuestras necesidades y las necesidades de tantos que están a nuestro lado, los enfermos, los pobres, los que sufren, los que están en prisión. Pedimos por tantos que han sido víctimas de sismos y de tanto desastre natural en estos últimos días. Que el Señor tenga piedad y misericordia de todos.
Iniciamos nuestra oración reconociendo a la Santísima Trinidad:
Después de besar el altar, el celebrante saluda a la asamblea reunida en su nombre:
Pedimos humildemente perdón al Señor por todas nuestras faltas, reconociendo con sencillez nuestra condición humana:
Invocamos la clemencia divina y entonamos el himno de júbilo reconociendo la santidad de Dios:
Es la oración que el sacerdote, en nombre de toda la asamblea, dirige al Padre recogiendo las intenciones de la comunidad:
En el Antiguo Testamento, Dios nos habla a través de la historia del pueblo de Israel y de sus profetas:
«¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y ha prevalecido! Soy motivo de risa todo el día, todos se burlan de mí. Cada vez que hablo, es para gritar, para clamar: “¡Violencia, devastación!” Porque la palabra del Señor es para mí oprobio y afrenta todo el día. Entonces dije: “No lo voy a mencionar, ni hablaré más en su Nombre”. Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía.
Meditamos la palabra de Dios rezando o cantando el salmo correspondiente:
En el Nuevo Testamento, Dios nos habla a través de las cartas y enseñanzas de los apóstoles:
Hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: éste es el culto espiritual que deben ofrecer. No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
Nos ponemos de pie para el canto del Aleluya que nos dispone a escuchar la Buena Nueva. Nos santiguamos en la frente, labios y pecho:
En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta».
El celebrante nos explica la Palabra de Dios aplicada a nuestra vida actual. Al finalizar, nos ponemos de pie para profesar nuestra fe:
Rezamos unos por otros presentando las necesidades de toda la Iglesia y del mundo entero:
Presentamos el pan y el vino. El sacerdote bendice las ofrendas en silencio y en voz alta dice:
Diálogo inicial del Prefacio y acción de gracias:
El sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas y pronuncia las palabras de la institución:
Plegarias por la Iglesia y gran alabanza final:
Oración dominical y rito de la paz:
Presentación del Cordero de Dios e invitación a comulgar:
Oración después de la comunión y bendición solemne:
Envío de la asamblea a la vida cotidiana: