27 de agosto de 2026
Al ingresar el sacerdote al altar, nos ponemos de pie y entonamos el canto de entrada. Al llegar al presbiterio, la comunidad y el celebrante se saludan mutuamente:
Antes de celebrar los misterios sagrados, reconocemos con humildad ante Dios y la comunidad que somos pecadores y necesitamos de su infinita misericordia:
Invocamos la clemencia divina y entonamos el himno de júbilo celestial:
Nos sentamos para escuchar con atención la enseñanza del Antiguo Testamento o de las Cartas Apostólicas:
Lectura de la Palabra de Dios del día
Tu palabra es una lámpara para mis pasos, una luz en mi sendero. He jurado y lo cumpliré: guardar tus justos mandamientos. Estoy afligido sobremanera, Señor; dame vida conforme a tu palabra. Dígnate aceptar las ofrendas voluntarias de mi boca, Señor, y enséñame tus juicios.
Meditamos y respondemos a la lectura con las palabras inspiradas por Dios en los salmos:
Salmo Responsorial del Día
Nos ponemos de pie para recibir al Señor que nos habla a través de su Buena Nueva. Nos cruzamos la señal de la cruz en la frente, labios y pecho:
Santo Evangelio del Día
En aquel tiempo, Jesús decía a la muchedumbre: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Pero en cuanto a aquel día y hora, nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre. Estad atentos y velad, porque no sabéis cuándo será el momento.”
Se prepara el altar y se presentan el pan y el vino, fruto del trabajo humano, que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo:
Nos arrodillamos en señal de profunda adoración ante el misterio más grande de nuestra fe:
Unidos como hijos de Dios, elevamos la oración dominical y nos deseamos la paz de Cristo:
Recibimos la sagrada comunión y la bendición para llevar el Evangelio a nuestras vidas: